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Lunes, 10 de Marzo de 2008
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Peligro en la región andina |
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Tiene razón el presidente Alan García cuando afirma que el traspaso territorial perpetrado por Colombia contra Ecuador es inaceptable. Si bien es cierto –como han planteado algunos– que los peruanos nos indignaríamos tanto como los colombianos si un país vecino diera cobijo a un cabecilla terrorista como Abimael Guzmán, vale la pena también ponerse en el lugar de los ecuatorianos y preguntar qué pasaría si un gobierno vecino de orientación opuesta –digamos Ecuador o Bolivia– incursionara en suelo peruano para darle caza a un opositor suyo. Aunque tal personaje (imaginario) sería probablemente un hombre de bien injustamente perseguido, y no |
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un genocida (como Raúl Reyes), lo concreto es que el fin (perseguir terroristas) no justifica los medios (invadir un estado aledaño). Tan cierto es esto que Uribe ha pedido disculpas a Ecuador (y ambos han dado así fin, supuestamente, al incidente).
La posición jurídica de Colombia era endeble porque su afirmación de que Ecuador protege terroristas es posterior al traspaso (tras revisar la laptop de Reyes). Precisamente lo extraído de ahí, a pesar de ser elocuente, carecería de efecto probatorio ante cualquier tribunal internacional porque si la incursión es ilegal lo es también la prueba obtenida con ella. Ello en aplicación de elementales principios de debido proceso que EEUU usa con extremo rigor en su Derecho interno, pero olvida en el ámbito internacional (lo incautado en propiedad privada sin orden de cateo no incrimina al acusado). Por ello, difícilmente podría Uribe procesar con éxito a Hugo Chávez en la Corte Penal Internacional basándose en esos documentos.
Ahora bien, tan inaceptable como la violación de soberanía es la intromisión sistemática de Hugo Chávez en este asunto (que atañe sólo a Colombia y a Ecuador) así como en otros internos de Colombia. Es claro que ese país es víctima de un terrorismo sanguinario –masivamente rechazado recientemente en las calles por su población– y que además tiene que enfrentar el abierto colaboracionismo de Venezuela –y el más velado, hasta ahora, de Ecuador– con los insurgentes. También es claro que Uribe capitalizará muy bien el incidente en términos internos para lograr su segunda reelección, y externos para tentar la aprobación del TLC con EEUU (tanto Obama como Clinton, que se oponían a ese tratado, apoyaron a Colombia en el diferendo).
Más allá de eso, lo peligroso aquí es cómo poco a poco los gobiernos antimercado de la región dejan de ser una anécdota folclórica y pasan a convertirse en un peligro inminente para la paz regional y la integridad de sus vecinos democráticos. Amparar sediciones violentistas es intolerable no por cuestiones ideológicas (de izquierdas o derechas), sino de principio. De hecho, nadie objeta socialismos democráticos y responsables como los de Brasil y Chile; y ni siquiera el menos responsable pero pacífico populismo argentino. Pero el cobijo de levantados en armas es otra cosa, muy seria. Y, sin violentar soberanías, hay formas democráticas de combatirlo.
Gonzalo Zegarra Mulanovich Editor APOYO Publicaciones |
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