La Columna de FOZ

En una reunión empresarial en Londres -con el príncipe de Gales, Christine Lagarde y Bill Clinton-, el presidente del Banco de Inglaterra, el canadiense Mark Carney, afirmó que “así como cualquier revolución puede devorar a sus hijos, un fundamentalismo irrestricto de mercado puede devorar el capital social requerido para asegurar un capitalismo dinámico en el largo plazo”.

Todas las ideologías caen en extremos, afirmó. “La prosperidad no sólo requiere inversión en capital económico, sino también en capital social”, definiendo éste como “los vínculos, las creencias y los valores comunes en cualquier sociedad que inducen a que los individuos y familias asuman responsabilidad por sus propios actos y confíen lo suficiente en los demás como para trabajar en conjunto para apoyarse mutuamente”.

En la reunión, según reportó Roger Cohen del NYT, se analizó el resultado de las recientes elecciones europeas. Bill Clinton recordó que la primera reacción del ser humano al sentirse amenazado es “juntarse con sus iguales”. Por tanto, Clinton comentó que el mayor desafío actual de Europa y el mundo es redefinir “los términos de nuestra interdependencia”.

Hay una tendencia escapista de echar la culpa a los políticos por cualquier crisis. Pero en el mundo global, los principales ejecutivos pueden tener tanto o más poder que las autoridades elegidas para lograr cambios. Si se desconsidera la importancia del capital social, la ira de los desatendidos puede aumentar, como lo revelan los recientes resultados electorales.

“Lo primero -afirmó Carney- es reconocer que el capitalismo financiero no constituye un fin en sí mismo, sino un medio para promover la inversión, la innovación, el crecimiento y la prosperidad”. Y Clinton insistió en que las hormigas, las abejas, las termitas y los seres humanos tienen en común el que han podido sobrevivir sobre la base de ese sentido de colaboración. Una pérdida de capital social puede amenazar la estabilidad de cualquier sociedad.

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