La Columna de FOZ

Un reciente libro, The Anxious Triumph, del inglés Donald Sassoon, ofrece una documentada historia del surgimiento del capitalismo mundial entre 1860 y 1914. La expansión de la Inglaterra victoriana, la consolidación republicana en Francia, la unificación de Italia y Alemania, el fin de la esclavitud en Estados Unidos, la restauración Meiji en Japón y la emancipación de los siervos en la Rusia zarista fueron todos procesos que permitieron una gradual modernidad y la multiplicación del consumo. Hoy, en un mundo global que accede a compras virtuales, puede olvidarse que el primer gran almacén recién se abrió en 1838 en París.
En su reseña para el Financial Times, el historiador Harold James, profesor de Princeton, señala que las últimas décadas presentan similitudes con el medio siglo previo a la Gran Guerra: la expansión del comercio internacional, la multiplicación de las transferencias de capitales, las migraciones masivas, la multiplicación explosiva y concentrada de la riqueza y una extendida disrupción social, todo lo cual generó entonces ­—como viene dándose ahora— un contexto que estimuló el nacionalismo y el conflicto, dos factores que contribuyeron a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.
Sassoon describe algunos agentes y conexiones que permitieron –en el lapso de tiempo estudiado— un aumento sustantivo de la prosperidad y el bienestar general en los países evaluados. En Inglaterra, la esperanza de vida aumentó en diez años. Aunque, a diferencia del feudalismo previo y del comunismo utópico, el capitalismo resultó un proceso caótico y desigual, con ganadores y perdedores imprevisibles. La incertidumbre, así como la inestabilidad de su dinámica, generan temor y ansiedad en muchos. Y dichas características no constituyen fallas corregibles ni subproductos evitables, sino lo esencial de un sistema que es, por naturaleza, irruptor. Procesar el surgimiento del capitalismo obligó –cuenta el libro— a crear comunidades nacionales, incluyendo aventuras coloniales, a ofrecer bienestar desde los Estados, a intervenciones en los mercados, entre ellas protecciones. Revisa algunos casos en que los capitalistas han requerido de un Estado que los discipline y nutra, incluso que se atreva a sacrificar a algunos para salvar al resto. Es vital contar con un Estado que sepa defender a las partes de una confrontación violenta.
Fue Marx, en el siglo XIX, el crítico principal del capitalismo. En años recientes, hay renovados ataques contra el sistema. Basta escuchar en Estados Unidos a algunos precandidatos presidenciales demócratas. Pero la economista Joan Robinson, keynesiana de izquierda, tuvo una frase feliz: “el propósito final del capitalismo es que la función siga”. El mismo John M. Keynes, por su parte, afirmó: “el capitalismo no es inteligente, ni virtuoso, ni bello, pero cuando nos ponemos a pensar con qué lo podríamos reemplazar, nos quedamos perplejos”.
En el mundo feudal y religioso, provenía la ansiedad principalmente de los eventuales actos de Dios, a veces vistos como desgracias inevitables, otras como castigo divino. Se rezaba para que no le tocaran a uno en su tiempo y lugar. Se acumulaba grano para las sequías y huaycos, se organizaba la defensa contra terceros.
Con el surgimiento del capitalismo y la modernidad, esto cambió. Y la ansiedad se ha multiplicado exponencialmente, no sin razón. Ya los peligros no provienen solo de la voluntad de los dioses, sino también de la acción insensata del hombre, de no saber poner límites a sus excesos y apetitos. Tal ansiedad galopante puede atenuarse solo si somos capaces de identificar problemas concretos, haciéndoles frente con prudencia y realismo. Y no repitiendo los errores de la historia.

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