La Columna de FOZ

Las ventajas de la edad

05 septiembre, 2017 · en La Columna de FOZ

Solía pagar más por el cine, rechazando la tarifa de adulto mayor, con la ilusión de que ese pequeño extra me rejuvenecía algo el espíritu, al menos durante los 100 minutos de la película. Hace días, yendo a presentar un libro, me uní a la cola de los que compraban entradas a la Feria del Libro. La joven a quien le tocó atenderme me resondró con amable firmeza: “¡Señor! ¡Usted no paga entrada! ¡Pase nomás!” Algo avergonzado, tuve que asumir de sopetón mi edad plena.

A los 70 años, declina la calidad del conocimiento y la información que uno procesa profesionalmente pero, mientras la lucidez siga funcionando bien, se preserva y destila mejor la sabiduría, lográndose un equilibrio interior más pleno. Amparado en la experiencia de una vida, uno puede sentirse más seguro de lo que opina y menos obligado a demostrar lo que intuye. Abundan los autores mayores a quienes les da por divulgar reglas así. Un periodista destacado, Roger Rosenblatt, por ejemplo, publicó Rules for Aging, donde lista algunos consejos vitales sobre temas de todo tipo: No importa / Procura la virtud sin aspavientos / Nunca lo hagas por dinero / No trabajes para alguien más inseguro que tú / Que tu crítico sea un idiota no vuelve su comentario errado / No envidies a nadie, nunca / Cuando te advierten de que una apuesta es complicada, lo es / Abjura de la fama pero evita la oscuridad / Nunca le informes a un amigo de una calumnia contra él / No pienses durante vacaciones / No pretendas cambiar más de 1/8 de tu vida a la vez / Nunca prendas fuego desde arriba… y así.

Con la edad, hay más tiempo para reflexionar sobre algunos temas mayores. Desde que leí la frase de Albert Einstein “Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez”, el tema de la estupidez humana es uno que me intriga. Y la palabra humana podría sobrar, porque sólo los humanos resultan estúpidos. Y cuando se es joven, uno cree que con la educación y el progreso la estupidez tenderá a declinar. Pero no es así. Tal vez –contradiciendo a Einstein– hay un stock constante de estupidez que tiende a impregnar todo ambiente humano, el más refinado incluso.

El historiador Carlo Cipolla, en su libro Allegro ma non Troppo, postula una teoría de la estupidez y afirma que la gente estúpida –sin líderes, manifiestos ni organización– constituye el grupo más influyente en el mundo. Identificó cinco principios científicos de la estupidez:

  • El número de estúpidos se subestima, siempre. Quevedo lo dijo hace siglos: “todos los que parecen estúpidos, lo son; y, además, también lo son la mitad de los que no lo parecen.”
  • La estupidez es independiente de cualquier factor. Hay tanta estupidez entre los más-más como entre los tontos.
  • El estúpido perjudica a otros, sin generar un beneficio para sí, o incluso generándose un perjuicio.
  • El no-estúpido subestima el potencial de daño del estúpido; no suele ser consciente de que la asociación con un estúpido constituye siempre un error costoso.

Cipolla distingue así entre racionales (quienes benefician a los demás y a ellos mismos), incautos (quienes buscando el beneficio para ellos, lo pierden, aunque pueden generarlo para los demás), malvados (los que dañan a los demás para beneficiarse ellos) y estúpidos (que perjudican a los demás y a ellos mismos). A partir de ello concluye que, desde el punto de vista del utilitarismo económico, el estúpido genera más daño a la sociedad que el malvado. Además, como sabemos todos, los malvados descansan de vez en cuando; los estúpidos no, son incansables y determinados. Por ello, un corolario sería que no debe asignarse a la malicia lo que puede explicar la estupidez.

Comments are closed.