La Columna de FOZ

“¡Eres una rata!” constituye uno de los insultos más agraviantes en casi cualquier idioma. Desde la peste negra en el siglo XIV, las ratas han sido vistas como una plaga de la humanidad. Puede afirmarse que, en conjunto, las ratas han provocado más muertes humanas que cualquier otro animal. Siguen a los humanos, por el campo y las ciudades, con rapidez y flexibilidad: avanzan metros en menos de un segundo y se escabullen por agujeros de apenas un centímetro de diámetro. Se alimentan de la basura humana, se asientan y viven en los desagües, los callejones abandonados y los parques descuidados. Diezman las cosechas de alimentos, socavan las construcciones, envenenan la comida, muerden a bebés, contagian enfermedades y, en circunstancias extremas, pueden incluso devorar a personas vivas. Hace un par de años, un estudio de la Universidad de Columbia reveló que una rata cualquiera de las del metro de Nueva York, además de múltiples patógenos identificados, portaba 18 virus desconocidos para la ciencia.

A los humanos no les ha faltado un talento peculiar para exterminar especies enteras de animales; en el caso de las ratas, han intentado de todo sin mayor éxito. Así, han inventado aparatos, trampas, ultrasonidos y diversos venenos; han entrenado a gatos, perros, incluso a coyotes, para cazarlas; la policía de Nueva York recurrió en una oportunidad al gas mostaza contra ellas. Incluso el exalcalde Rudolph Giuliani llegó a nombrar a un zar antirratas sin mayor éxito: la población de ratas de la ciudad resultó mayor al final de su gestión que al inicio. ¿Qué explicaría que la humanidad pueda haber enviado robots a Marte o inventado el Internet, pero que aún no pueda evitar que las ratas pongan en riesgo la sanidad? En un libro relativamente reciente —Rats, de Robert Sullivan— se califica esta relación como “una guerra brutal y sin fin”.

En un ilustrativo artículo en The Guardian, la escritora Jordan Kisner relata el surgimiento de una táctica innovadora para este flagelo: el control de los nacimientos. El quid está en que una rata hembra ovula cada cuatro días, copula por placer docenas de veces al día y es fértil hasta la muerte. Por tanto, en 12 meses, lo que vive en promedio una rata de ciudad, ¡cualquier pareja de ratas puede engendrar hasta 15,000 descendientes! Por tanto, de poco ha servido, y servirá, el veneno o las trampas. En cambio, volverlas infértiles permitiría, en poco tiempo, un colapso de su población.

Kisner cuenta cómo SenesTech, una empresa de Arizona fundada por dos biólogas innovadoras, ha creado un líquido —ContraPest— que aspira a lograr precisamente esto. Es un producto viscoso y dulce, rosado y opaco, con un sabor que se asemeja al de varias bolsas de sacarina disueltas en una cuchara de aceite de cocina. Hasta ahora no se ha identificado algún efecto secundario relevante. Y en varias pruebas realizadas, tanto en el campo como en diversas ciudades, su uso ha permitido reducir la población total de ratas en 40% en apenas tres meses. El producto está por salir al mercado en Estados Unidos y Europa, y su efecto puede terminar siendo espectacular.

Por tanto tiempo, las ratas han sido vistas como una amenaza a la humanidad que el contemplar la posibilidad de resolver el problema con sencillez y sin tener que matar una sola, parece una fantasía. Pero el ingenio y la buena focalización de estas dos biólogas podrían permitir que el 2017 sea el año en el cual se supere finalmente un problema milenario: el de las ratas

EN SUMA. Volver infértiles a las ratas sería la solución a esta plaga. Una empresa estadounidense ha inventado un líquido que, tras ser consumido por el animal, aspira a lograr su infertilidad.

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