La Columna de FOZ

El lenguaje político

20 septiembre, 2016 · en La Columna de FOZ

Hace un año, contra más de 15 precandidatos a la nominación republicana, Donald Trump se dirigió a una multitud de seguidores en un estadio de Dallas:

“Di un lindo discurso… Creo que estuvo maravilloso… Todo muy bien… Días después me atacaron… Usaron otras palabras –y luego mintieron… ¡lo fabricaron todo!… estoy hablando de inmigración ilegal– hay que parar la inmigración ilegal… Tenemos que hacerlo… ¡Tenemos que hacerlo!… Y cuando oigo a aquellos con los que estoy compitiendo, incluidos los demócratas, tenemos que construir un muro, amigos… Todo lo que hay que hacer es ir a Israel y preguntar ¿qué tal está funcionando el muro?… ¡Los muros funcionan!”

¿Cómo se entiende que una persona que usa este lenguaje –narciso, simplón, espontáneo, reiterativo – sea hoy el candidato presidencial del partido de Abraham Lincoln y cuente con, al menos, 15% de probabilidades?

Mark Thompson, ex director general de la BBC y actual CEO de The New York Times, ha publicado el libro Enough Said: What’s Gone Wrong with the Language of Politics?, en el cual reflexiona sobre lo que sucede cuando la incomprensión y la ira debilitan la confianza y el vocabulario común que antes permitían descubrir, racionalmente, lo que une y divide a una sociedad. Pareciera que en todo Occidente el discurso político ya no sirve para explicar y reconciliar, y sólo se concentra en el odio y lo que separa.

Para muchos de sus seguidores, Trump es alguien-que-dice-la-verdad-dura, que no miente, como se sospecha de la retórica más tecnocrática de la élite convencional. Una vez aceptada esta premisa diferenciadora, sin embargo, sorprende que ella aparentemente inmunice respecto de cualquier exageración, contradicción o insulto en el resto del discurso.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? Thompson opina que esta crisis es consecuencia de desarrollos políticos, culturales y tecnológicos que trascienden a ideologías o países. Uno primero es la dificultad de los partidos políticos, antes más alineados por clase social, para poder definirse y diferenciarse.

Uno segundo es la diferencia creciente entre el lenguaje de los expertos que manejan las políticas públicas y el de la población en general. Todo gobierno moderno resulta necesariamente tecnocrático y su temática se ha vuelto crecientemente compleja. Para cada tema público clave suelen manejarse dos discursos: uno, sofisticado y complejo; otro, local y simplificado. En el brexit, los ingleses no sabían realmente lo que votaban. Se redujo a “Nos quedamos” o “Nos vamos”.

Un tercer factor es la tecnología digital y su importante impacto en la diseminación y discusión de las ideas políticas. La prensa tradicional, que contribuía al debate público, atraviesa una difícil transición y suele estar más dispuesta a provocar desencuentros y controversias que a volver inteligibles las opciones alternativas. La web y las redes sociales permiten una discusión 24/7 de la política y la cultura, lo que junto con lo inclusivo y lo constructivo ha abierto también una caja de Pandora para expresiones de abuso, extremismo, intimidación y furia, sin edición alguna.

Thompson plantea que la retórica política ha asimilado demasiado del marketing moderno. En vez de la argumentación ilustrativa de la política más tradicional, hoy se recurre a la brevedad, intensidad y urgencia asociadas al buen marketing de bienes y servicios, muy inadecuado para propagar y sustentar ideas y políticas

EN SUMA. Partidos indiferenciados, tecnificación de los asuntos públicos relevantes, la crisis de los medios de comunicación, y el uso del marketing de bienes y servicios explican la decadencia del discurso político.

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