La Columna de FOZ

El libro Losing the Sign , de los periodistas Jacquie McNish y Sean Silcoff, relata la historia del surgimiento (en una oficina modesta de Waterloo, Ontario, y como consecuencia de la alianza entre los emprendedores canadienses Mike Lazaridis y Jim Balsillie) del BlackBerry, un instrumento inteligente que al integrar el teléfono con el email y un teclado QWERTY transformó, de manera irreversible, la comunicación entre las personas. El presidente Barack Obama resultó su mayor fan ; su primera campaña como candidato la hizo con un Blackberry en la mano. El producto fue tan exitoso que para el 2009 había alcanzado el 50% del mercado de EEUU. Algunos lo calificaron como el producto más representativo de la primera década del siglo XXI. Así fue de importante.

Pero la creciente aceleración, tanto en la innovación tecnológica como en la transformación de mercados interrelacionados, hizo que la buena estrella del BlackBerry declinara rápido. En el 2013, su participación de mercado había caído a menos de 2%. La empresa -Research in Motion- respondió con atraso a las innovaciones de la competencia. Cuando finalmente lo hizo, sus nuevas versiones se demoraban por descoordinaciones múltiples y seguían poniendo énfasis en los valores de seguridad y eficiencia, cuando los mercados ya reclamaban, también, otros valores como calidad de diseño y opciones para el juego y el ocio.

El libro cuenta todo con un detalle impresionante. Cuando Lazaridis vio por TV a Steve Jobs presentando el iPhone y bajando música, videos y mapas al pequeño aparato, fue donde Balsillie y le reclamó: “Quiero que mires este producto, es realmente bueno. ¿Qué hacemos?”. “No te preocupes -le contestó su socio- vamos a estar bien”.

El primer iPhone era poco seguro, su batería se agotaba rápido y el teclado era algo difícil, pero era, sin duda, una innovación disruptiva. Como tantas otras empresas, RIM se descuidó, y el BlackBerry perdió el estrellato.

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